
Visiones de vidas sencillas: Sobre el IV Encuentro de Cine y Documental «Se cacha a La Legua.»
Es un domingo helado de junio y vamos al IV encuentro de cine y documental «Se cacha a La Legua» organizado por el Centro de Interpretación FiSura. Primero la calle Las Industrias, luego avenida alcalde Pedro Alarcón y finalmente por comandante Riesle, rodeando la plaza Salvador Allende, donde quedan algunos rastros de la limpieza que más lejos seguían haciendo los camiones de basura y el personal de aseo municipal —como cada domingo después de la feria. Quizás por el frío también se veía poca gente caminando en las calles.
Recuerdo mi primera impresión de estos lugares. La primera vez que vine a la plaza no era esta plaza —que hoy tiene pastelones de concreto, juegos infantiles y algunos locales comerciales— sino otra, quizás más desorganizada, con árboles salvajes, caminos de tierra y un desnivel donde los autos se estacionaban. Fue hace mucho tiempo y también fue la primera vez que estuve en el Teatro de Emergencia, en la casa-esquina de tres pisos que este colectivo construyó con sus propias manos y con las manos de sus vecinos y amigos, para alojar un teatro y centro cultural. La casa celeste, alta como un torreón medieval y llena de vida, siempre ha sido para mí —afuerino de estas calles—, una señal de refugio, conversación y también una exigencia de respeto y cuidado.
A diferencia de las calles, la casa está llena. En la entrada saludamos a algunas personas conocidas, mientras dentro ya hay un grupo grande esperando pasar al auditorio, recientemente actualizado con un amplio telón, un sistema de sonido y un potente proyector. Aprovechamos este tiempo para comprar un aliado en dobladita y unas sopaipillas, que parte del equipo ofrecen en un costado, entre los souvenirs del evento, fotografías históricas de la población, mapas y pequeñas reseñas de los filmes que hoy visionamos.
El auditorio ya está preparado y entonces la voz voluminosa de Juan se escucha entre la gente, dando la bienvenida y avisando que podemos pasar. En el grupo que empieza a moverse percibo la presencia de niñas y niños, hartas abuelas y abuelos, jóvenes acompañados por sus familias, conocidos que se saludan y conversan, y otros que no somos de acá pero que hemos venido —a mirar algo nuevo o a presentar un trabajo quizás— y que también saludamos tímidamente.
La muestra se abre con una bienvenida, como conjurando esa timidez de los extraños, con vientos que recuerdan máquinas esforzadas e industrias hechas del golpeteo de los pies, que entran al escenario en el cuerpo del artista Musirkero, marcando el ritmo creciente de una locomotora antes de introducir sus rimas y versos: «¿A esto lo llamamos encuentro?» pregunta, antes de declamar.

Unos días antes, yo les mencionaba a Juan y Tamara —parte del equipo que organiza el encuentro y que amablemente me concedieron el espacio para una pequeña conversación—, que cuando en una ocasión anterior Musirkero había hecho una intervención similar, me había despertado la inquietud de si acaso elegir un tren para ese acto era un gesto de amistad entre teatro y cine —siendo el tren una figura tan relevante para la historia del cine—, una apertura que juntaba lo que el Centro venía haciendo desde hace años (el teatro) con este mundo nuevo de convocar, seleccionar y mostrar películas en el que se estaban metiendo.
Por lo mismo, creí necesario preguntarles quiénes son —como si no los conociera, habiendo estado tantas veces aquí— y qué es esto del Centro de Interpretación FiSura: «Es un colectivo, la mayoría vecinos de acá de La Legua, que ocupa el espacio físico del Teatro de Emergencia.» El grupo, en un inicio bajo el nombre de Teatro de Emergencia, estaba centrado en las artes escénicas y en prácticas de memoria local. Luego, hacia el 2011, se constituyeron como Centro de Interpretación FiSura, ampliando sus herramientas hacia lo audiovisual, lo musical, la investigación, entre otras, buscando tener un lugar para «Interpretar el presente e incluso reinterpretar el pasado, las posibilidades de futuro» en la población y en la comprensión de las «formas del mundo popular.» Se trata evidentemente de un espacio artístico-político, de trabajo colectivo, que construye su sentido a partir del territorio en el que trabaja.
El juego del subtítulo en el nombre del encuentro ya nos da señales de esa ambigüedad pensada para obligar a interpretar y accionar. «Se cacha a La Legua», tanto porque es un encuentro de cine que ocurre en La Legua y que implica estar aquí; como también porque es un encuentro con la intención de cierta reflexión, un pensar las cosas que se viven allí desde otros lugares, en esa experiencia de notar algo desde lejos para que entonces quede en evidencia.
La historia de esta población es en sí un espacio de interpretación, es una historia en la que algunas de las cuestiones más importantes que han definido a los sectores populares en Chile durante el pasado siglo se conjugan. Adquiriendo su nombre por la distancia geográfica respecto al centro de la ciudad, esta población se constituye en tres sectores durante tres épocas distintas. Legua Vieja, durante la década de 1920 constituida a partir de la migración de familias del norte al finalizar el auge del salitre; Legua Nueva, fundada en 1947 por familias que habían sido desalojadas de otros asentamientos, caracterizada por su fuerte organización social y política; y Legua Emergencia, cuyo nombre alude a viviendas provisorias que se entregaron a las familias entre 1949 y 1951 y que terminarían siendo permanentes. En la actualidad se suma Legua Esperanza, un sector de casas nuevas construidas durante la intervención estatal y policial que afectó al territorio durante la década del 2000. La Legua es quizás una de las poblaciones más conocidas de Chile, por su historia de organización e incluso de resistencia armada durante el golpe militar y la dictadura, pero también por la imagen pública que los medios de comunicación han construido de la misma, significando para sus habitantes una experiencia no menor de discriminación y estigma asociados a la violencia del narcotráfico y la delincuencia.
Cuando conocí la población —hacía 2013—, la intervención estatal iniciada en 2001 ya suponía una importante modificación y vulneración de sus vidas. Se cambió el espacio y la planificación urbana de la población (renovación de calles y plazas, destrucción de muros en pasajes), se incorporaron recursos para ciertas organizaciones sociales, se instalaron cámaras y se apostaron policías armados y controles en distintos puntos de la población, con efectos de violación a los derechos humanos de las y los pobladores. Durante ese tiempo, el Centro de Interpretación FiSura produjo el documental La expulsión invisible, que reflexiona y denuncia lo que estaba pasando en torno a la intervención, a partir de lo que el grupo formulaba como un cambio en la forma de vida de La Legua con efectos de exclusión urbana.
Si bien, según la impresión de Juan y Tamara, la intervención ya no tiene ni la misma forma ni la presencia tan potente que tenía durante ese tiempo, el fantasma que ya anunciaban en el documental sigue presente: «Son los intereses inmobiliarios que siempre están presentes y van empujando el precio de la vivienda. Hay un imperativo de expulsión que casi no se puede frenar.» El anuncio de la construcción de una estación de metro en la Línea 9, llamada justamente La Legua, es parte de este proceso: «Entonces yo conozco muchos vecinos que tienen ganas de irse. Porque los dispositivos de intervención han generado condiciones de vida súper complejas de sostener. El sentido de pertenencia al territorio se ve afectado.»
Y a pesar de tener esta idea clara, me hacen evidente que la actualidad es un momento de dificultad en la lectura sociopolítica, un momento que llaman de confusión. «La intervención era muy clara, era muy evidente. Hacer lectura de ese tiempo no era tan complicado, era bastante nítido. Yo creo que es momento de observar.» Así como en las calles se perciben cosas nuevas —nuevas formas de evadir la realidad, nuevas pobrezas, dinámicas imprevistas—, ese conjunto va generando preguntas, preguntas que llegan hasta el subtítulo del encuentro: Formas de vida y vidas en emergencia.
«Quizás es una idea que nos ha costado transmitir», dice Juan, comentando que a pesar de que las películas que llegan a la convocatoria se relacionan generalmente con otros territorios, no siempre están ajustadas a lo que ellos consideran territorios en emergencia. Lo que se espera de las películas que llegan al encuentro es que permitan pensar lo que sucede en La Legua a partir de la consideración de los conflictos de otros territorios y el modo en que esas comunidades los enfrentan.
El conflicto es evidente, por ejemplo, en el cortometraje De donde el nombre se vuelve recuerdo de Paola Espinoza, que aborda las intervenciones del espacio urbano por organizaciones feministas en un puente —conocido como el puente Vivas nos queremos— de la ciudad de Cuenca, Ecuador. Se trata en este caso de un conflicto político que muestra la oposición entre el deseo de visibilizar públicamente los nombres de mujeres víctimas de femicidio en la ciudad y las demandas que surgen en torno a la violencia de género, contrapuesto a la voluntad de orden y ornato que intenta imponer la ciudad como silenciamiento. Una voz en off reflexiona en este caso sobre los cambios que acontecen en este espacio, mientras la cámara recorre los detalles pequeños del espacio, dinámicas de personas agrupadas, movilizadas o personas desplazándose. El puente vive un proceso de escritura y pintado en contra del esfuerzo de borramiento ejercido a través de nuevas capas de pintura uniforme. En la película la fotografía del puente sirve para simular estas censuras e interpelar a las autoridades escribiendo sobre la foto, como si de un puente vudú se tratara. A veces la astucia es simplemente volver loca a la autoridad, hacerles creer que una foto trucada del puente pintado es real, como una brujería para despertar la inseguridad del poder borrador. Y esto lo consigue el documental mirando esas marcas, jugando con la fotografía, fijándose en pequeños insectos y en esta movilización de la gente.
El énfasis en lo conflictivo puede aparecer también en un trabajo como Lewfüyen, río muerto de Ferrán Vergara, que aborda el conflicto entre el pueblo-nación mapuche y los intereses políticos y empresariales que buscaban desarrollar, entre 1998 y 2004 el proyecto de Central Hidroeléctrica Ralco en la Región del Biobío. El filme experimental —o contradocumental, como se define a sí mismo— tiene una mirada crítica sobre el abordaje que la prensa otorgó al conflicto y no persigue tanto dar una versión históricamente clara del mismo, sino mostrar el modo en que autoridades y medios retratan a las personas mapuches movilizadas en tanto una supuesta amenaza al orden y la seguridad de la región. Este trabajo rescata de un modo bastante interesante el discurso periodístico y en particular la textura de la prensa escrita y televisada de la época, constituyendo toda una atmósfera que ya entonces revelaba el vínculo entre medios de comunicación, empresarios e inversionistas y política.
La emergencia trata un poco de eso. Es la emergencia de una urgencia política, la urgencia de la situación que le acontece a un territorio. Pero también es la emergencia como el surgimiento de un nuevo uso del lenguaje para tratar esas situaciones, la emergencia de una forma de decir o de crear. Juan dice: «Hay formas de vida que están en emergencia porque están en urgencia, porque están siendo, en ese sentido, sometidas, o expulsadas, o silenciadas, o aniquiladas.» En un tiempo —como el nuestro—, en que circulan ideas como la construcción de un registro nacional de vándalos o resurgen mecanismos de censura, que se creían perdidos, disfrazados a través del financiamiento estatal a las artes, la idea de que existen formas correctas e incorrectas de hacer o de vivir no resulta tan lejana. Por eso el encuentro persigue también el objetivo de rescatar esas vidas sencillas que requieren un registro: «¿Cómo generar un encuentro que dé cuenta y ponga en valor esas vidas?»
El último anzuelo, cortometraje argentino dirigido por Gonzalo Solari, surge como ejemplo de este espíritu. La película sigue a Norma, una mujer mayor que al inicio es retratada en su espacio íntimo, su hogar, siempre en una conversación con la cámara acompañada de sus actos rutinarios, como preparar un café. Norma se ve solitaria en ese espacio, pero a través de lo que relata vamos descubriendo que su vida se entremezclaba con las visitas al club pejerrey de Quilmes, un centro social dedicado a la pesca. Vuelve entonces al Club, en una visita que le permite encontrarse con conocidos y desconocidos para establecer una conversación a partir de la actividad compartida. Allí la ayudan a armar una caña y arroja el anzuelo al agua. La visita le permite recordar a sus seres queridos, en particular a su esposo e hijos, y la cámara es la compañía que sostiene con imágenes del mar, paisajes y gente, la calma y la espera de la pesca como modo de honrar a los que no están.
La historia de Norma se comunica con la película que abrió la muestra ese día: Orriols, raíces entrelazadas de Jean Leiva. Se trata de un grupo de mujeres, adultas mayores y migrantes, que se juntan en una plaza de Valencia a conversar sobre diversos temas. Quizás por la naturaleza coral del trabajo en el seguimiento hasta el encuentro del grupo, la propuesta no resulta tan clara en su foco, lo que no le resta valor a los testimonios que ofrece en torno a la soledad de la vejez y el costo de cuidar a otros. Norma y este grupo de mujeres me hacen pensar en el auditorio, en la gran cantidad de ancianos y ancianas que destinan su tiempo hoy para ver estas películas y que siempre han sido un componente esencial del encuentro con La Legua y con cualquier población, dado que es a través de ellos cómo se puede encontrar eso que se pierde en las imágenes genéricas de la prensa o en lo que los jóvenes no siempre logran decir.

En concordancia con ese vínculo entre generaciones y con las actividades y formación dirigidas a niñas y adolescentes del Centro, Tamara y Juan destacan que el encuentro de este año incluye cuatro trabajos realizados por estudiantes de enseñanza media del Liceo Bicentenario Politécnico San Joaquín. Uno de los integrantes del centro es profesor en ese liceo y en conjunto armaron una propuesta de aprendizaje basado en proyectos: Tamara les hizo una clase de cine y los estudiantes hicieron videos en función de temas del currículo escolar.
Los cortos se distribuyen entre las tres secciones de la muestra de ese día y son micropelículas, centradas en temas de la experiencia de los jóvenes: La renta de Jean Abodehn, Isabella González, Sebastián Muñoz y Owen Pérez, una ficción de terror donde la cobranza del arriendo de un departamento alcanza alturas criminales; En el mismo salón de Alexis Barrera, Chid-Ley Dama, Luciano González y José Miguel, un videoclip que a través de una canción busca rescatar la experiencia de discriminación en la escuela vivida por los jóvenes migrantes; La mochila de Oliver Riera, que en plano subjetivo mínimo condensa esa metáfora de carga que se usa comúnmente para retratar la experiencia de migración a partir de objetos discretos dispuestos antes de partir; y finalmente, La masia de Ignacio Urzúa, Nicolás Díaz y Matías Gómez, que en un dispositivo parecido, ficciona los principios que rigen un país bajo el autoritarismo.
Así como el vínculo con este liceo a través de una actividad formativa que desemboca en productos presentes en la muestra, la duración y la distribución de su programación también es una novedad. Si bien la muestra al público general se concentra el domingo, el encuentro incluye también una visita junto a un grupo de 60 niño/as de la población a un cine ubicado en un mall cercano, con el simple objetivo de tener un espacio de encuentro con las y los niños que vienen al teatro una vez a la semana. Creo recordar que iban a ver Toy story 5, que esos días se estrenaba comercialmente. Juan piensa en esa experiencia de ir al cine «de verdad» y sueña con mejoras en el auditorio del teatro: «Nos encantaría transformar esto en un cine. Donde la gente en vez de ir a una sala comercial tiene un cine en su territorio. ¿Por qué no hacer una sala donde quepan 50, 60 personas en condiciones? Y vivir la experiencia del cine, pero en tu territorio.»
Adicionalmente, el sábado anterior a la muestra, se programó una actividad de formación para las y los realizadores que enviaron materiales al encuentro y otras personas interesadas, a través de una clínica de archivo audiovisual, enfocada en la organización y gestión de materiales. En la muestra la cuestión del archivo fue el foco central del segundo bloque, incluyendo el ya mencionado trabajo de Ferrán Vergara y el cortometraje experimental Ante la indiferencia de nosotros de Nico Castañeda. En aquel y a partir de un cuidado trabajo visual ejercido sobre imágenes periodísticas, operativas, transeúntes o de redes sociales, se construye una reflexión en off que critica el modo en que, desde la distancia, los espectadores de la guerra y el genocidio en Gaza han quedado atrapados en una sensibilidad marcada por la imposibilidad imaginaria de acción política que además corre el riesgo de ser proyectada sobre el mismo pueblo de Gaza. Este filme-ensayo cuestiona a las y los espectadores a través de una retórica que para bien recuerda el desvío situacionista a nivel de su narrativa, sin operar una abstracción sobre imágenes bastante crudas en ocasiones y logrando un cierre que además fue descrito por un pequeño espectador como un final feliz: la esperanza situada en la resistencia posible y en esas fuerzas que precisamente no podemos ver.
El necesario desvío que exigen las imágenes del poder para ser reutilizadas por las vidas objetivadas en ellas, también se expresa en otra fracción del título del encuentro: «Cine y Documental». Si bien los primeros encuentros tenían un componente que enfatizó el carácter documental de la convocatoria, la naturaleza de los trabajos que les llegaban les llevó a aceptar obras que sin mantenerse dentro del discurso de la no-ficción, hablan de hechos y territorios a través de intentos ficcionales.
Es el caso de las animaciones de esa tarde. Por un lado, se proyectó un pequeño cortometraje llamado Los cautiferoz de Adam Gonsalez (Perú), pequeña fábula sobre una familia de seres que crecen encadenados en un circo, con un golpe de timón que reflexiona sobre la libertad. También fue posible revisar un interesante trabajo llamado Dos menos de Taroa Zúñiga y Carlos Zerpa, en una producción chileno-venezolana, que a partir de una cuidada animación construye un paralelo entre las historias de dos mujeres: Beatriz Díaz Agüero y Joane Florvil. Beatriz Díaz fue una ciudadana argentina, militante del MIR, detenida por los agentes de la dictadura de Pinochet en 1973 y ejecutada con seis meses de embarazo junto a su esposo en octubre de ese año. Joane Florvil fue una joven madre haitiana que residía en Chile cuando en 2017, imposibilitada de comunicar en español la pérdida de sus documentos, fue injustamente acusada de abandonar a sus hijos, detenida sin ofrecerle traductores y humillada ante los medios, circunstancias que la llevaron a autolesionarse en su celda y posteriormente fallecer. El cortometraje logra trazar el paralelo entre estas dos historias desde su tronco común correspondiente a la violencia estatal ejercida sobre cuerpos de mujeres y la denegación de justicia, gracias a un rescate de estas historias desde las voces ficcionadas de sus protagonistas.
Este cuestionamiento de lo documental también permite entender dos elementos fundamentales del modo en que se piensa y se planifica el Encuentro. Por una parte, el cine como un elemento que es secundario a una voluntad de juntar personas a conversar: «Podría ser un encuentro de sopaipillas. Porque la creación no está en lo audiovisual, la creación está en lo que pasa, está en el encuentro.» El cine se le presenta al Centro FiSura como un lenguaje posible y articulando cineclubs con niños, proyecciones y ahora estos encuentros anuales, es parte de la base de su acción interpretativa en este territorio.
Por otra parte, la idea de encuentro es también una forma de diferenciarse del concepto de Festival. Tamara y Juan me cuentan la anécdota de que, al planificar el primer encuentro, el grupo se encontraba imaginando cómo iban a ser los galardones para las personas ganadoras. Pero ahí se dieron cuenta de que no les era cómodo construir esta instancia como una competencia. Competir es poner el foco en las habilidades creativas de las o los realizadores, es poner el foco en las cualidades artísticas de las obras: «Se pierde el foco entonces en la gente, que es nuestra prioridad. El encuentro quiere hablar con la gente de acá, sobre temáticas que nos representen a nosotros, sobre temáticas que le interese ver a los vecinos.» Las películas son un medio para encontrarse, compartir, conversar, y —me dicen— inventar nuevas formas de relacionarse, que no sean solo la competencia.
Este año recibieron 53 películas y el proceso de selección se volvió un desafío para el equipo. No hay largometrajes en la muestra y esto es una decisión que tomaron para respetar los tiempos de las y los vecinos que asisten. En el proceso de selección, primero enfatizan las temáticas, lo contingente, la posibilidad de acercarse a «otras Leguas» en otros lugares de un forma respetuosa o trabajos que rescatan oficios y formas de trabajo en desaparición. En ocasiones, cuando estiman que una película puede resultar demasiado larga para el auditorio conversan con sus autores para pedirles una selección o adaptación de la obra para esta instancia. Y en algunos casos películas demasiado largas son rescatadas para proyecciones posteriores durante el año.
Mientras conversábamos, una de las participantes del centro llega luego de estar pegando material de difusión del encuentro en lugares cercanos. Avisa que ya se va a su casa porque quiere descansar. Juan recuerda entonces una vez que estuvieron haciendo eso mismo, pegando afiches en Santiago centro (en la Universidad de Chile,la cineteca nacional, cines diversos). En uno de esos lugares fueron a preguntar dónde podían poner un afiche de su encuentro y les dijeron que no había ningún lugar. No dejaba de llamarles la atención esa falta de conexión entre espacios culturales, la desaparición de los murales, por ejemplo, que permiten difundir lo que se hace en otras partes. Prácticas que también nos resuenan desde este espacio, replicadas en otros puntos del campo cinéfilo y sus egoísmos —de los que otro día también tendremos que hablar.
En contraposición, la experiencia de pegar los afiches en la misma población es totalmente distinta. La disposición de negocios, paraderos, palos de postes o puertas a tener el cartel, es un gesto que también les convence de que este es un encuentro de cine con otro carácter. Y eso los llama a concentrar sus esfuerzos en los espacios donde están las personas con las que comparten. Para Tamara este encuentro no trata de «pelear» un mismo espacio con otras actividades de cine, dado que el encuentro tiene un foco y una intención distinta. Y a pesar de ello, esperan que alguien, haciendo la larga fila afuera de algún cine, vea el afiche y se pregunte de qué se trata esto y que sepan que en La Legua también se hace un encuentro de cine y documental.
Quizás esa persona podría ser quien entra atrasado y camina por el pasillo azulado en medio de la proyección para tratar de ver algo. Ya no es tiempo de encontrar una silla así que se queda apoyado en la muralla de ladrillo. Comienza la película que cierra la muestra de este año, dedicada a un vecino de la población: Casa libro, vida y obra de Víctor Hugo Castro de Marcelo del Campo. Víctor Hugo Castro fue un poblador de la Legua que tuvo una de esas vidas que desde la humildad de este territorio están marcadas por historias increíbles de lucha y creatividad. Llegando a ser traductor formado en la Unión Soviética, sus amigos se entretenían tratando de determinar cuántos idiomas manejaba. El cortometraje documental dedicado a su memoria, recupera su historia y su poesía, con interesantes imágenes de archivo de momentos claves en la vida de Víctor Hugo, como por ejemplo, el discurso de Allende en la puerta de su casa o las protestas en la población durante la dictadura militar (algunas provenientes de la película sueca Chela. Sobre amor, sueños y lucha en Chile de Lars Palmer).
Lo que más me impacta de este cortometraje de cierre son, por una parte, los registros de intervenciones poéticas en la plaza de la población, poemas colgados en cuerdas, amarrados entre los árboles, y el recuerdo de que los pacos o los milicos venían a sacarlos, sin antes leerlos. Al mismo tiempo, la imagen de una casa, la casa que Víctor Hugo construye en honor a la cultura y en honor a José Miguel Parada, y dentro de ella, él mismo, en cámara, escribiendo con las y los niños, leyendo poemas, jugando, saliendo a la calle, a ocuparla. ¿Vieron en estas imágenes las vecinas y vecinos espectadores de la muestra a sus propios padres siendo niños, abriendo la alegría en días oscuros, o quizás a sus abuelos o abuelas, caminando al fondo, paseando? ¿Se vieron las y los amigos del centro de interpretación FiSura, a sí mismos, trabajando incansablemente en esta casa, para esta población, con esta población, para que se produzca su lenguaje y las sonrisas y penas tengan un lugar donde pasar?
La proyección termina, Juan toma el micrófono para pedir que pasen adelante los jóvenes de los cortos del liceo, quienes se arrejuntan entre el aplauso del público y sus familias. Les entregan un presente y uno de ellos toma el micrófono para decir algunas palabras sobre la motivación de sus trabajos. Luego es el turno de los equipos de las películas proyectadas ese día, que se sientan debajo del telón, se presentan y nombran sus obras. Juan ofrece la palabra al auditorio. Hay un silencio corto antes de comenzar a hablar. ■
