
Escucha y prejuicio
Si vas para Chile (2025). Dir. Amílcar Infante & Sebastián González. Largometraje documental. 68 min. Digital. Color.
En la función de estreno del documental Si vas para Chile, dirigida por la dupla formada por Amílcar Infante y Sebastián González, Amílcar comentó que el germen de esta película estuvo en una fotografía: la imagen de un coche de bebé en el aire, arrojado a una densa hoguera por un hombre que lleva puesta una camiseta de la selección chilena de fútbol, que consume además ropas, frazadas, colchones, mientras al fondo de la imagen vemos una masa de gente con banderas chilenas. Recuerdo haber visto esa fotografía el año 2021, cuando la noticia de la violencia desplegada por la horda que marchó por las calles de Iquique recorrió nuestro país y el mundo. Era una violencia dirigida contra migrantes, en particular contra las personas provenientes de Venezuela que por esos días —aún días de pandemia— intentaban encontrar refugio en la ciudad nortina.
Recuerdo que ese coche se me quedó en la cabeza un buen tiempo. No solo se parecía al coche que mi hijo había usado cuando era más pequeño, sino que además me resultaba un acto incomprensible: ¿Qué clase de persona conscientemente agarra un coche, reconociendo que es el coche de alguna familia que vive en la calle y procede a arrojarlo al fuego? Poco sabíamos en ese momento que esa clase de incomprensión se nos volvería cada vez más común cinco años después, redoblada como una imposible lectura de los otros, esos conciudadanos atrapados en una desconfianza imaginada e instalada desde afuera.
En la historia reciente de los documentales y las ficciones producidas en Chile a propósito de la experiencia de la migración, encontramos cambio atisbos de acercamiento a cierta incomprensión y acomodo del lado de los migrantes. Es la incomprensión que se deriva de verse en un lugar nuevo y ajeno, la necesidad de construir cierta familiaridad en la instalación progresiva en la nueva vida que se abre en el irse a otro país. Por otra parte, es la incomprensión que ofrecen como respuesta las personas y las instituciones locales, como ausencia de una empatía por ese lugar y ese tránsito. De ello han hablado, en cierto sentido, películas como Ulises (2011) de Oscar Godoy, Petit Frère (2018) de Rodrigo Robledo y Roberto Collío, o Perro bomba de Juan Cáceres.
En ese contexto, resulta innovador en Si vas para Chile el acto de concentrarse en un momento del proceso migratorio que es previo a la familiarización con lo nuevo, previo quizás a la construcción de una cotidianidad en el país de acogida y que enfatiza, en cambio, la experiencia del viaje junto con la precariedad e inestabilidad del camino que implica, a su vez, respuestas individuales y colectivas de fortaleza y resistencia. No en vano la película nos recuerda que fue grabada en uno de los momentos más críticos de la crisis migratoria en la frontera entre Chile y Perú: se trata de un momento en que las instituciones no son capaces de hacer frente a lo que está ocurriendo, en el que la forma de vida acostumbrada en pueblos como Colchane se ve alterada y en que el flujo del traslado queda detenido por su magnitud misma.

Al pensar en esa relación entre la maquinaria estatal, en la equivalencia no-natural entre Estado-nación y un territorio delimitado, podemos tener una primera aclaración de cierto tipo de tomas y elección sonora que serán un importante cuerpo del documental: planos aéreos de drones sobrevolando el desierto, el altiplano o los márgenes de Iquique, con una música que recuerda el ensordecimiento del viento en esos lugares. La pequeñez del paisaje desde el plano cenital se vuelve irreconocible y desafiante, enfatizando la dificultad de un trayecto que a través del testimonio de las personas que prestan su voz al filme, ocurre fundamentalmente a pie. La tremenda distancia entre poblados en el norte de Chile, las condiciones extremas de frío y calor y la vulnerabilidad experimentada en el viaje se conjugan en estas imágenes geográficas y amenazantes, caracterizadas por la minimización del elemento humano. Recuerdan en ese sentido a ciertos usos del desierto como una suerte de otro planeta en Petit Frère o la conjunción entre desierto y terror dictatorial en Zurita, verás no ver de Alejandra Carmona.
Por encima de estos paisajes monumentales, la voz suave y muchas veces extremadamente calmada de las personas que han migrado va hincando sobre ese paisaje las diferentes violencias que han experimentado. Se trata de relatos que se refieren al viaje mismo y al modo en que el riesgo de esta travesía se vuelve concreto en experiencias muchas veces terribles. Las voces nos recuerdan que no podemos ver en el cuerpo de una persona aquello que corresponde a la historia que ha tenido que experimentar para estar ahí.
Por otra parte, la cámara registra igualmente los espacios habitados por los migrantes que esperan entrar o ya se asentaron en torno a Iquique. Desde construcciones totalmente improvisadas, carpas ofrecidas por agencias gubernamentales o casas armadas a retazos, se trata de espacios de emergencia, creados en un «por mientras» que tiende a volverse permanente mientras se construye ese futuro que se vino a buscar. En esos espacios, también la cámara nos vuelve testigos de lo básico: un niño que en un paso fronterizo reclama su sed o un cumpleaños en una toma, animado por un payaso. La dificultad allí parece decantarse en algún momento como la imposibilidad del trabajo en la ciudad y el progresivo rechazo que experimentan por parte de los locales.
Podríamos pensar que, enfatizando el tránsito como momento, el documental cuida la representación de los migrantes —evitando aquellas que arriesgan facilitar su lectura como amenaza—, buscando permitirnos escuchar sus situaciones concretas y a las cuales nos podemos unir mentalmente cuando son puestas en esa escala menor: tener que lavar la ropa con la que llevas caminando 90 o más kilómetros; cocinar unos fideos; o construirte un refugio para pasar la noche. Donde se produjo una crisis humanitaria, lo que encontramos son respuestas humanas, en su desnudez y dureza.

El documental no evita, sin embargo, el lado menos empático de la respuesta frente a la crisis. Partiendo como una reacción al asesinato del joven camionero Byron Castillo por parte de dos migrantes venezolanos, el documental ingresa a las protestas antimigrantes que tuvieron lugar ese año en Iquique, con imágenes que siendo conocidas en nuestra historia reciente, adquieren en el contexto de las historias y las situaciones relatadas una nueva significación, una más miserable. Volver sobre los registros de esas masas recubiertas de banderas chilenas persiguiendo a personas que no tienen adónde ir para obligarlas a moverse, revela más vilmente cómo ese encadenamiento de voluntades atontadas está atrapado en la paradoja de un odio irracional que siembra, como daño colateral, un terror gratuito en niños, bebés, hombres y mujeres. Imágenes que nunca podrán dejar de ser indignantes.
Lamentablemente para las y los chilenos, ese camino sin salida solo se ha visto acrecentado con el tiempo. En cámara, las voces sin cuerpo de la experiencia del viaje serán reemplazadas por los cuerpos y rostros vociferantes de ese enojo que sitúa como la raíz de su miedo a los migrantes, a partir de un refrito de argumentos apretados a punta de algoritmo en mentes cansadas, que repiten como estertores palabras huecas e inconexas: ONU, derechos humanos, Bachelet, etc. La ironía de la historia a la que ya deberíamos estar acostumbrados ha hecho que aquellos que se movilizaron por una emergencia imaginaria que situaba a los migrantes como menjunje de las calamidades del mundo, sean los mismos que nos han traído la emergencia concreta que el gobierno de ultraderecha nos ha manufacturado encima de nuestras más inmediatas necesidades como el transporte y el alimento. Lo que revela que para fantasear con zanjas en el desierto hay que ser capaz de imaginar el viento que las va a sepultar.
En esa desolación, si queremos creer que el cine documental sigue teniendo capacidades de maniobra frente a la inundación de imágenes y verdades manufacturadas en las que nos hundimos, quizás Si vas para Chile nos indica que algo de eso ocurre en la zona en que prejuicio y escucha se encuentran y se vuelven a alejar. Escuchar la experiencia del otro, encontrarse con la concreción de las soluciones precarias que en su propia emergencia ha inventado, debe tener —suponemos, para creer— algo que agregar en un atisbo de antídoto contra los miedos idiotas que entrampan corazones y mentes. Hacia el final, la figura de una persona que decide hacer el viaje de vuelta e irse d Chile, nos revelará magistralmente que hay cosas que no se aprenden en la soberbia de sentir que se sabe más que el otro y del otro, sino en la mudez que consigue la experiencia de la extenuación y la ruptura de un límite aplicado a los cuerpos por el paisaje y el viento.

